Por Erica Pereyra
Esta semana, una noticia en Jesús María nos conmovió a todos, pero al mismo tiempo nos invitó a una profunda reflexión. La Municipalidad, en un trabajo conjunto con el área de mascotas y la policía, desmanteló un criadero clandestino de perros “salchicha”, rescatando a 28 de ellos, además de un caniche y un chihuahua. La imagen de estos animales, en un estado deplorable tanto físico como emocional, nos llegó al alma. Tras el rescate, estos pequeños seres quedaron bajo el resguardo municipal, recibiendo la atención veterinaria necesaria, y afortunadamente, su evolución es favorable.
Lo esperanzador llegó de inmediato: la Municipalidad solicitó adoptantes provisorios para estos perritos, con la alta probabilidad de que quienes los acojan puedan quedarse con ellos de forma permanente. Y aquí es donde la historia toma un giro que nos interpela: en menos de 24 horas, más de 300 personas se anotaron para adoptar uno de estos perros de raza. Un número abrumadoramente sorprendente, especialmente si lo comparamos con la realidad de tantos otros perros callejeros, mestizos, que esperan en refugios y para los que a menudo no aparece un solo candidato.
Ante esta disparidad, Julieta Celiz, del refugio municipal, alzó su voz a través de las redes sociales, haciendo un llamado a la reflexión urgente que resuena con una verdad incómoda. Sus palabras nos atraviesan: “Hace dos días rescatamos a 30 animales de raza de una situación de abandono, negligencia y sufrimiento. En solo horas, recibimos más de 300 solicitudes para adoptarlos. Mientras tanto, 100 perros mestizos —algunos esperando hace años— siguen mirando desde sus caniles sin entender por qué nadie pregunta por ellos”.
La angustia que expresan los rescatistas es inmensa y palpable. Duele constatar que la vida de un perro mestizo parezca valer menos que la de uno de raza. Duele ver cómo cientos de corazones, dispuestos a adoptar, se detienen en el pelaje, el tamaño o el pedigree, dejando en la sombra a aquellos que solo tienen historias de resiliencia y miradas que claman por un hogar. Son los mismos perros que llegaron heridos y asustados, y que, con amor y paciencia aprendieron a confiar, a mover la cola, a mirar con esperanza cada vez que alguien se acerca. Una esperanza que, lamentablemente, se desvanece una y otra vez.
La paradoja es cruel: con más de 300 personas dispuestas a adoptar, podrían vaciar el refugio. Podrían darle un final feliz a todos los perros que esperan. Pero la realidad nos golpea, mostrando que la apariencia y la “marca” aún pesan más que la urgencia y la nobleza de un corazón que solo busca amor.
El mensaje de Julieta es claro y conmovedor: “mirá más allá. No adoptes una raza, adoptá una vida. No busques perfección, buscá conexión.” Cada perro mestizo en el refugio es único, agradecido y leal. Quizás no tengan “papeles”, pero tienen todo para dar.
Los rescatistas, como ella bien lo dice, no son héroes, sino personas incansables que luchan contra una realidad injusta. Su único deseo es que llegue el día en que ya no sea necesario rescatar, que cada perro encuentre un hogar donde sea amado sin importar su raza, su tamaño o su historia.
Este episodio nos invita, a todos y cada uno, a adoptar con el corazón. A recordar que el amor de un perro no tiene pedigrí, y que cada ladrido y cada mirada de esos cien perritos en el refugio de Jesús María gritan lo mismo: “Yo también merezco un hogar.” Ojalá, pronto, esos 300 corazones dispuestos a dar amor, miren un poco más allá de la raza y ayuden a que el refugio se cierre, no por falta de esperanza, sino porque ya no quede ningún perro esperando.
Si queres adoptar, comunícate con ellos: 3525533997.

